
El domingo por la tarde decidí ir a la última playa de mi recorrido, la siguiente al norte de Talamanca y como está al lado de mi casa pues decidí ir andando. Después de un paseo por carretera me introduzco por un camino entre pinos que baja a la cala. Este camino forestal es mucho más bonito que el urbano, antes de decidir meterme por el estuve dudando porque no sabía si llevaría a Estanyol porque sólo una pintada en una roca indica esta bajada a la cala. En mi camino me cruzo con varios coches que vuelven de la cala y levantan ese polvo que cubre mi coche desde que llegue a la isla. Tener un coche negro me está pasando factura. Entre el calor y el polvo tengo el coche de un perroflauta! Arriba #15M! Y es que en una ciudad no sueles pasar por caminos sin asfaltar pero aquí en Ibiza a poco que salgas de la ciudad te encuentras con caminos sin asfaltar y con ese polvo fino que te deja el coche bonico, bonico! Cuando voy llegando ya llevo una hora de camino y empiezo a arrepentirme de no haber venido en coche puesto que la placentera bajada a la playa luego se convertira en jodida subida pero aún así sigo bajando, al rato empiezo a ver la costa entre los pinos. Llego a una pequeña cala de poco más de 50 ó 75 metros de arena con su chiringuito. Una cala que te regala unos acantilados por los que me aventuro hasta llegar a un peñasco que muere en el mar, en este paseo saque la foto que veis, como me gustan las fotos con rayos de sol, no es la primera que pongo pero es que Ibiza tiene una luz especial. No sé si será porque no tiene mucha tierra con la que compartir esos rayos que caen o porque el mar que rodea la isla potencia su luz, pero es una luz pura, blanca casí sin impurezas en el aire. En este peñasco me siento a descansar mis piernas cansadas. Y desde la punta me tumbo a escuchar como rompe el mar en las rocas, es un sonido constante pero no rítmico porque cada ola tiene su fuerza y su propio camino. Algunas olas rompen tan fuertes que llegan a salpicarme pequeñas gotitas que me dan una sensación refrescante al caer sobre mi piel. Estoy sentada en la punta de las rocas, en un pequeño saliente que por un momento me da la sensación de ser la conductora de la isla, el efecto de venida de las olas bien podría parecer el romper de un barco al abanzar, por un instante tengo la sensación de que en lugar de venir las olas hacía mi soy yo con la isla la que voy a su encuentro. En los huecos dibujados en las rocas en posición horizontal se crean pequeñas salinas, ya que el agua que cae en ellos se estanca y el sol la evapora dejando sólo la sal. Después de un rato debo irme si no quiero que se me eche la noche encima. Cuando empiezo mi subida pasa uno de los últimos coches que abandona la cala y trás pasar a mi altura frena y una amable italiana me invita a subir, no os negaré que no lo había pensado y por un momento me dió miedo eso del poder de la mente pero deniego su invitación y sigo mi subida. Es mi castigo por haberme zampado a la hora de comer unas berenjenas fritas con su ración de patatas... En mi defensa diré que cene piña, con lagrimones en los ojos pero me la comi. La verdad que siempre que me he propuesto perder peso lo he perdido, veremos hasta donde llego esta vez. Cuando por fin llego a mi cima sólo me queda un paseo por carretera asfaltada hasta mi casa y es de bajada. Cuando subia iba mirando norte y la bajada tiene vistas al sur, lógicamente, pero en esta perspectiva se encuentra la ciudad de Ibiza, que bonita es, con su Dalt Vila, su muralla y sus montañas que marcan el final, es una vista preciosa, me paro un instante y le pido mi deseo de quedarme aquí, todos los días se lo pido, espero que el Paulo Cohelo no vendiera paja y esto del poder de la mente tenga su efecto. Llego a casa más contenta que cansada y me ceno mi piña, que rica!
Es curioso lo estraña que me siento en Ibiza, sobre todo con la gente y en especial con los acentos. Si es que vas por la calle y todos hablan raro, hay muchos extrangueros aquí y el que es de aquí tiene acento ibicenco. Cuando puedo me marco un farol hablando mi sanvicentero pero como me contesten en ibicenco tengo que cerrar un poco los ojos pa que se me abran un poco las orejas y entender algo de lo que me dicen, y es que es curiosa la diferencia que existe en la pronunciación y algunas palabras. Y si ya me hablas en otro idioma pues apaga y vamonos, porque están también los guiris que te preguntan como si tu los tuvieras que entender, sé que me hablaban en inglés y yo les dije muy amablemente I don´ t espic inglis. Todos mis años de inglés en el instituto para aprender que esta era la única frase que iba a utilizar, me siento tan bien, ni lo hablo ni lo quiero hablar! Que esto aunque esté a casí 100 km de la península es territorio español.











